guarida de olompopos /


Verónica Vides: Naturaleza Viva

Por: Jorge Ávalos

Verónica Vides ha hecho algo inaudito: ha impregnado la Sala Nacional de Exposiciones con el hedor inconfundible del estiércol de vaca. Con una mascarilla sobre el rostro y guantes sobre las manos, la escultora salvadoreña trabaja con ahínco en su última obra: una extensa instalación que domina el ala derecha de la sala como una alarmante invasión de termitas selváticas.

“Es la guarida de ciertos seres”, explica con una sonrisa, “todavía no sé cómo se llaman, pero lo sabré muy pronto”.
“¿Y el olor?”
“¡Es caca de vaca!”, responde, a carcajadas. “Para la apertura de la exposición habrá desaparecido. Ayer estaba preocupada porque al desempacar las bolsadas de caca que traje de Chalatenango el olor era bien fuerte, pero después pensé: si el olor no se va, lo puedo ocupar como una postura sobre el arte actual en el país”.

Creada con una armazón de malla de gallinero, ramas de ciprés y pino, y cubierta con estiércol de vaca mezclado con zacate, esta escultura orgánica, efímera por naturaleza, demuestra por qué esta artista de 33 años se ha situado a la vanguardia de un movimiento nacional que ha utilizado las estrategias del arte conceptual para encaminarse a un tipo de creación más intuitiva.

Como los otros artistas del grupo Adobe, con quienes trabaja a menudo —Walterio Iraheta, Ronald Morán, Simón Vega y José David Herrera—, Verónica se apropia de los mensajes y la naturaleza de su entorno para crear nuevas formas: productos de la alquimia de su espíritu confrontado al medio ambiente, objetos bastardos de una sensibilidad en batalla contra los males de su tiempo.

“Esta instalación ha sido un proceso de purga conmigo misma”, explica Verónica. “Realizo procesos artesanales que ocupan la mente en una fantasía que te lleva de nuevo a la realidad. Esto me permite fantasear y crear, que es uno de los grandes logros del arte. La guarida de pino y caca, y mis creaciones de hierro son producto de mirar a la naturaleza y plagiarla, pero no son la naturaleza: son las cosas que yo hago. Es la naturaleza transformada por la tensión entre mi mundo interno y mi mundo externo”.

La nueva exposición de Verónica reúne piezas de su trayectoria del último año, como las “Polillas de hierro”, así como cosas nuevas, como sus “Capullos de esperanza”. Ha titulado su muestra “Crías de hierro”, como una clara alusión a esa doble naturaleza que le preocupa actualmente: la reproducción orgánica y la creación artificial.

“Son dos formas de reproducción social antagónicas que me permiten expresarme de forma muy humana. Utilizo el hierro porque lo reciclo y hago con él cosas que se acercan a nuestra naturaleza. Los hierros de mis mangles, por ejemplo, vienen de una casa destruida. Es un material que se llama ‘hierro dulce’, que es muy dócil: podés doblarlo fácilmente, apacharlo, darle nuevas formas, hacerlo tuyo”.

Desde su primera exposición en la Alianza Francesa en 1995, la obra de Verónica encontró aceptación inmediata por su énfasis en la forma humana. Sus figuras de barro y terracota irradiaban una placidez mística que las distinguía de la obra de otros escultores salvadoreños porque ignoraba las corrientes temáticas y las tendencias formales de la época para explorar preocupaciones espirituales.

“Es importante conectarte con vos mismo para salirte del molde”, reflexiona Verónica. “El mayor reto de un artista es ese: arrivar a ese punto de encuentro con uno mismo”.

Ese punto de encuentro puede cambiar. En octubre de 2001 Verónica se encontraba en México cuando realizó una instalación especial para el día de los muertos. “La Muerte” era una figura humana plasmada en barro crudo. Expuesta a la intemperie, la figura se descompuso en el tiempo que toma a un cadáver descomponerse. Su hermosa propuesta significó el fin de una etapa.

“Me estaba agotando”, recuerda Verónica. “Ya no estaba disfrutando lo que hacía. Irónicamente, descubrí mi nuevo camino en la figura humana. Descubrí que el pubis de una mujer es una semilla, que una oreja es un caracol, descubrí que en nuestros cuerpos se halla reflejada la naturaleza tanto como en la naturaleza se halla reflejado el ser humano. Miro las estrellas, un sistema de galaxias y veo que forman venas. Es todo tan bello”.

En Jalapa, México, creó su primer “panal”, con cerámica. Fue una revelación: un objeto fantástico, de su propia creación, pero también era una pieza que citaba la naturaleza directamente.

Al regresar a El Salvador, sorprendió a sus admiradores cuando participó en la I Bienal de Arte Paiz 2001 con una escultura abstracta que recibió una mención honorífica: “Mis semillas”. En el 2003, sus nuevos esfuerzos de búsqueda e indagación artística se vieron ampliamente recompensados cuando recibió los primeros premios por sus instalaciones en las exposiciones Juannio (Guatemala), Kent HabitArt y en la II Bienal de Arte Paiz.

“En el mundo actual”, dice Verónica, “con la competencia, la búsqueda de reconocimientos y premios, los artistas tendemos mucho a creernos únicos, pero nadie es dueño de las ideas. Yo me he encontrado con obra de otros artistas que contiene elementos parecidos a la mía, pero, ¿cómo no iba a encontrar cosas mías en otros si yo me inspiro en la naturaleza? El artista es sólo un instrumento a través del cual fluye el mensaje”.
Y con estas palabras, Verónica se pone de pie, agarra un enorme balde plástico y se disculpa: “Voy a traer más caca”.